sábado, 6 de junio de 2009


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Carnestolendas

En el Perú, hemos llegado al extremo de que la columna editorial hay que dedicarla a carnestolendas. No hay nada más serio. Desde que el señor don Augusto B. Leguía tuvo la desagradable ocurrencia de morir la víspera del domingo de Carnaval y de ser enterrado el domingo mismo, los carnavales han adquirido un inesperado rango político. Por desgracia, en nuestro país todo degenera rápidamente. Cuestión de clima o de raza, no lo sabemos; pero todo degenera con velocidad cinematográfica. Si el domingo siete de febrero de 1932 -domingo de carnavales- día del entierro del cadáver del señor Leguía, fue, aunque mortificara un poco a los leguiístas, un día triste y pesado, un día, en cierto modo, caliginoso, los carnavales de hoy se presentan, gracias a la política, risueños y vibrantes. Luís A. Flores ha lanzado su candidatura a la Presidencia de la República. Va a ser, como ha dicho alguien, el primer Rey del Carnaval. Toda la prensa -nosotros inclusive, aunque no nos consideramos colegas de nadie- dedica lo mejor de sus columnas a las quisicosa carnavalesca. La prensa grande considera que, al dar la noticia de la candidatura de Flores, comunica algo serio. Y aquí está la gracia. En la seriedad. Flores cree que lleva su disfraz tan a la perfección, que nadie lo conoce. Gracias a la candidatura del sujeto que opina que al crimen se responde con el crimen, los carnavales de Lima empiezan bien en este año de gracia de 1936.

Como hasta ahora la Municipalidad no ha cometido el error de prohibir el juego con agua, esperamos que el carnaval será típica y tradicionalmente limeño. Desde luego, y como es justo, veremos reproducido el bando inmemorial que prohíbe que mojemos a aquel que manifieste deseos de no jugar. Lima, la ciudad de Lima, el pueblo de Lima, jugará su viejo y estrepitoso carnaval, la fiesta heredera de las lupercales, las bacanales y las saturnales y en la cual el cristianismo rinde homenaje a la alegría pagana. Al margen del pueblo de Lima, compuesto por más de cuatrocientas cincuenta mil personas, desfilarán, solemnes, con emoción de baile de fantasía, sudando dentro de sus disfraces y muy tiesas en sus carros alegóricos, mil o dos mil personas, la flor y nata de la ciudad de los Reyes. Esta venerable multitud, marchará presidida por su Reina, alguna linda y donosísima muchacha esclavizada por la etiqueta carnavalesca -terrible antinomia- y envuelta en infinitos arabescos de serpentinas. He aquí la forma más triste del carnaval.

Ignoramos cómo se jugaba Carnaval en el mundo el año 1535. Cuando, en ese año, nació la ciudad de Lima, muy poco antes de los Carnavales, es evidente que los primeros pobladores pensa­ron, en su condición de buenos católicos, en la forma de celebrar los tres días que la Iglesia le dedica a Satanás. Seguramente, durante los primeros años de ciudad -quizás diez, acaso quince- el carnaval fue pobre o no fue. Acaso se limitó a una cuestión de Cuarenta Horas, si es que entonces existía esta piadosa exoneración. Pero cuando Lima adquirió, dentro de sus contornos de aldea, rango de capital de virreinato y cuando los mayordomos de los Reyes de España que, con el título de virreyes, venían a sacarle el quilo al Perú, la invistieron de las primeras prerrogativas, es evidente que empezó la celebración del Carnaval. No es difícil darse cuenta de que en ese momento nació el juego con agua. Eran -y son- numerosísimos los argumentos a su favor. El clima, de suyo caluroso, y la estación -estío- que, dentro de ese clima, le corresponde al Carnaval. Esto pide agua. La falta de otros medios para jugar, es también, una de las causas del carnaval hídrico de la capital del Perú.

El Carnaval, en Europa, se realiza en invierno. Es natural que, dado el frío europeo, las gentes, allí se embutan en pesados disfraces y soporten caretas inverosímiles. Allí se explica que el agua no intervenga para nada. A cualquiera se le ocurre mojarse intempes­tivamente, al aire libre y con agua fría en el invierno europeo. Y, tras mojarse, quedarse mojado por algunas horas. Eso, en el Viejo Mundo, es la bronconeumonía fulminante. En Europa, el no jugar con agua no es, como lo suponen los esnobes y los rastacueros de acá, una cuestión de elegancia y de distinción. Es una cuestión de clima.

Es probable que, antes de que naciera la industria difundida por el cometido, el papel picado lo fabricaran en casa. Las muchachas trabajaban todo el año para tener papel picado en los días carnavalescos. Aquí, juntaban huevos todo el año, a fin de tener, en la misma fecha, la mayor cantidad posible de cascarones. El carnaval limeño, nacido en virtud de exigencias del clima y de determinaciones económicas, fue, poco a poco, tiñéndose de entusiasmo popular. Adquirió el fervor, la pasión, la alegría, el movimiento que el pueblo pone en sus costumbres y en sus palabras. Por eso es tan dulce y tan cálido el idioma nacido en las entrañas generosas del pueblo. Por eso son tan pulcras, tan mesuradas, tan señoriles las costumbres popu­lares en las naciones viejas. El gran señor inglés, el grande de España y el noble francés, no se distinguen, sustancialmente, del buen pastor escocés, del buen labriego de Andalucía o del vinicultor de la Champaña.

El carnaval limeño tiene cuatro siglos de vida popular. Ha sido el encanto de la aristocracia colonial y de los potentados de la República. Era preciso que viniese Leguía a arrebatarnos la más típica, la más popular, la más antigua, la más alegre de nuestras costumbres. Con el mismo criterio podrían prohibirnos la mazamorra morada y los fréjoles colados para reemplazarlos con el clericó y conel gato. Nadie se opone a que los señoritingos que se creen europeizados hagan su Carnaval de Niza o de Venecia, con o sin reina. Que hagan sus corsos de flores, que se encaramen en sus carros alegóricos, que se envuelvan en serpentinas, que se bañen en papel picado, que se saturen de chisguetes de éter. El pueblo de Lima puede hacer todo eso y, además, meter a las gentes a latina, bañarlas a golpe de cubo y no dejarles en el cuerpo un solo sitio libre del impacto de un globo. Y el que no quiera jugar, que se meta en su casa.
Es natural que todo evolucione y se modernice, sin perder su esencia nativa, su sabor a raza y su fragancia a Patria. Por eso, creemos que la abolición de los cascarones, es necesaria. El cascarón es casi un arma arrojadiza. Asimismo, creemos que tres días son muchos días. En el mundo civilizado -y, a Dios Gracias, hoy por hoy, en él figuramos- seguramente el Perú es el único país que dilapida tres días en celebrar los carnavales, fiesta antigua, rezagos de una religión casi extinta. El carnaval hay que tomarlo como una necesidad pública. Tomado así, con el domingo basta.

No entendemos qué sentido, qué alcance tiene esa división que hace la prensa retrógrada, la prensa teocrática al defender la elección de dos reinas: una, la Reina de Lima; otra, la Reina de los Trabajadores. Esto quiere decir que en Lima hay una vasta propor­ción de gentes que no trabajan y que la Reina elegida por ellas, es la Reina de Lima. La otra, la reina un poco vergonzante que proponen es la Reina de los Trabajadores. Pero qué brutos son estos caballeros de la teocracia. No comprenden que no es posible ni sensato ahondar, en forma ofensiva y dolorosa, la separación de las clases. Cuando, a propósito de la elección de la Reina, ponen al margen a lo que ellos, tan despectivamente, llaman Reina de los Trabajadores, lo único que, en realidad hacen, es suscitar en los Trabajadores el ardiente deseo de suscitar la lucha de clases a fin de llegar a la clase única y librarse de tanta majadería y de tanta estupidez. Esto lo sabemos los capitalistas, los individualistas que no ignoramos dónde está el peligro. Pero está visto que la necedad de la teocracia no tiene límites. Se explica que haya una Reina de la Industria, una Reina del Trabajo, una de los Mercados; se explica que cada barrio tenga una reina o que la tenga cada una de las poblaciones aledañas a Lima. Y se explica que, independientemente de estas reinas, haya una Reina de Lima. Pero es absurdo, grotesco, necio, que haya una Reina de Lima y una Reina de los Trabajadores, que no se sabe si es de Lima. Esto equivale a decir a los que esos caballeros de la teocracia consideran trabajadores:

-Vayan, vayan ustedes, pobrecitos, cochinos, a divertirse por su cuenta. Ahí tienen su reina. Pero no se junten con nosotros, que estamos perfumados.

Esto es de una estupidez sin límites. En todo tiempo, esa tiranía del dinero ha sido detestable y es madre del oprobio y de la rebelión; pero en estos tiempos es excepcionalmente imbécil. Cuan­do todos comprendemos la necesidad de aproximarnos, de estar unidos, de ser trabajadores, sale la teocracia a dividirnos y a de­mostrarnos que la gente rica está hecha de una arcilla especial. Dios embrutece a los que quiere perder.

Por fortuna, como dijimos al principio, aún la Municipalidad de Lima no ha prohibido el juego con agua, el juego limeño. Nada se opone a la coexistencia de varias clases de juegos. Mas no hay que olvidarse de que uno solo es el nuestro, el típico, el intransferible. Con permitir la coexistencia de los juegos, respetar la voluntad del no jugador, suprimir lo sucio o lo contundente y limitar el carnaval al domingo, habremos conseguido modernizar la fiesta, ponerla a la altura de nuestros días y, sin embargo, respetar su levadura popular, su olor a Patria y su sabor a Raza.

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