sábado, 6 de junio de 2009

More ensayista

Lima contra Chile, Perú y Bolivia

PROEMIO:

Con aires literarios llegué a Lima en agosto de 1910. Mi primera conferencia en el Centro Universitario fue, derechamente, contra el señorito burócrata, parasitario siempre y las más de las veces homosexual.

En Lima sería yo ahora Ministro -y lo digo no por vanidad sino con vergüenza de haber corrido semejante riesgo- si me hubiese sido posible poner el vigor de mis veintidós años al servicio de los aristócratas de ambos sexos. Si es que hay ambos en Lima.

Preferí cultivar con locura la sagrada libertad de la juventud. ¿Bohemio? Bueno. Si así se llama, no rehuyo la palabra. Hoy, cumplida la treintena, toda mi fuerza interior reside en el recuerdo de aquella mi mocedad de potro. La dirección enérgica de mi porvenir, estriba toda en la memoria de aquella primavera de lucha.

Por su virtud, almacené, con honores de minas de diaman­tes, infinitas pasiones, odios como simas y amores como cumbres. Me he heredado a mí mismo.

Hoy, esas pasiones tienen método y organización; están dispuestas con la disciplina de una iluminación eléctrica: apago y enciendo mis luces casi diría estratégicamente, y hay momentos en que siento y pienso A Giorno.

Mi odio -con mezcla de desprecio- por Lima, ha sido el crisol donde se ha purificado mi amor al Perú. Asimismo, yo no supe amar a mi madre hasta que no fui amante de dos mujerzuelas. Vi el alma de éstas y, entonces, la de mi madre surgió en mi horizonte espiritual con tan nobles y armoniosas proporciones, que por primera vez, acaso, constaté la vasta y plena delectación que es nimbo del buen amor filial.

Mientras no conocí Lima, mi amor a la patria era una rutina hereditaria. Yo no la amaba: la amaban a su manera, por conducto mío, mis ancestrales.

Conocí Lima, la vi, la sentí; y, entonces, incontenible y luminoso, nació mi amor a la patria. El mío, intrasferible, hecho con carne de mis meditaciones y nervios de mi emoción. Y ahora soy yo el que ama: no es la tiranía atávica la que me induce; no es despotismo hereditario el que me lleva. Soy yo, en la integridad de mi persona moral.

Al troquelarse mi amor a la patria en forma que, sin mayor escrúpulo analítico, podríamos llamar definitiva, le di su aspecto positivo y su modalidad negativa. El amor, como los pueblos y como los elipses, debe tener dos focos. Ya sean Judá e Israel, ya Esparta y Atenas.

Mi patria positiva, la para mi cordial y dinámica, es el Perú; mas esa patria tiene una negación, úlcera inmóvil y sin embargo progresiva, úlcera cuyo pus va extendiéndose igual que mancha de aceite. Me refiero a Lima. O la eliminamos de los destinos del Perú o el Perú desaparece.

No aspiro a cambiar la capital: quede Lima; pero quede con todas las restricciones del caso. Y si no es viable tal transacción y la revuelta reformadora es inhacedera, vamos de frente al separatismo.

Todo lo que hemos dicho, es la tesis general del libro; es una serie de afirmaciones que requieren prueba.

Las páginas que vienen la constituyen.

No llevo parcialidad virulenta ni odio sistemático, ni empecinamiento ciego. Voy a hacer casi un libro narrativo. Conozco Lima hasta sus últimos repliegues.

Todo, pues, se reduce a usar bien el espéculum.

No hay comentarios:

Publicar un comentario