sábado, 6 de junio de 2009

More literario – Rapsodias ante el Illimani

En una madrugada de rosas, transparente,
le nacieron orillas al Mar... y fue la Tierra
y en el temblor violeta de las arenas grises
Viento y Luz, nupcialmente,
dieron Vida a la Nieve y a la Sierra,
árbitros de fantásticos países.

Y nació el Valle tibio que se inclina,
amoroso y curioso, hacia la mar;
el valle que se excita con el alga marina
y el yodo, surtidores de un perfume solar;
el valle que, a la sombra dulce de la colina,
sueña con la distante montaña familiar.

Encima de los valles costaneros
desplegaron sus amplios miradores
los llanos montañeses;
y una tarde, entre un pálido preludio de luceros,
al punto en que la Noche da muerte a los colores,
bajo el Viento lloraron las flores y las mieses.
...Cosmogónica noche... Fantasía
engendradora... Lucha de elementos...
Caos, padre del Día...
Elevada llanura nutrida por los vientos...

Cuando sus rubios ojos de flor abrió la aurora
su luz cayó risueña sobre los altiplanos:
lagos, montes, florestas... y fue la hora
en que el Sol pobló al mundo de ritos y de arcanos.
…………………..……………………….
A modo de un vigía puesto en el horizonte,
sobre el centro irradiante
y a un paso de las Islas del Sol y de la Luna,
salta la forma tutelar del monte,
la mole familiar y fulgurante
portadora de fuerza, de ensueño y de fortuna.

¡Illimani!... ¡Illimani!... saludaron
las alegres ondinas del Lago y el fulgente
Señor del Cusco y de Kalasasaya.
illlimani!... illlimani!... Así cantaron
con voz multicadente,
la puna, el valle, el río, la colina y la playa
Oh divina montaña que surgiste
sobre la tierra formidable y triste;
conjunto de orgullosas cabezas impolutas,
monstruo lleno de gracia,
Padre de la armoniosa y ardiente aristocracia
que a tus pies diseminan las cantutas.
………………………………………..

La ciudad que nació bajo tu sino
remeda tu sinuosa contextura
y en ella, como en ti, cada camino,
es una aspiración hacia una altura.

Todo le has dado a tu ciudad: fiereza,
quietud, serenidad y fortaleza,
el candor de tus nieves, la fuerza de tus rocas;
cual ella te remeda, tu la evocas;
quien la ve, te conoce; quien te ve, la comprende.
Es a tus plantas arbitrario plinto,
hija dilecta hacia la cual se extiende
tu forma de zigzag y laberinto

Oh Señor de Montañas, Padre del Collasuyo,
que de infinita majestad disfrutas,
que amas el ritmo dulce del caluyo
y la gracia infantil de las cantutas;
ojalá que por siempre tus poetas
sepan, únicamente,
sentir con lo profundo de tus grietas,
pensar con lo elevado de tu frente.

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