lunes, 19 de noviembre de 2012


CUANDO LIMA TENÍA PASEOS

No queremos decir que Lima ya no tenga paseos: de ninguna manera. Lo que sí parece cierto es que no tiene paseantes y que el arte y modo de pasear se han trasformado. Dentro del más puro estilo peripatético, el paseo es enemigo de la velocidad. Todas las grandes ciudades de este nuestro mundo motorizado debieran tener zonas reservadas para que los taciturnos y los parlanchines paseen. Si hay zonas reservadas para los automóviles, zonas que reducen el tamaño de la ciudad, es justo y humano que las haya para el hombre.

Lima ha sido siempre ciudad de paseantes y hasta tenemos un vocablo limeñísimo: paseandero. Algo idiomáticamente tan feble como el limeñísimo malcriadez. Antes de que Amat creara el Paseo de los Descalzos y el Paseo de Aguas, los limeños organizaban cabalgatas a Amancaes, a Chorrillos y, a veces, hasta Lurín. Cuando vinieron las calesas y empezó la decadencia de los centauros, surgieron los paseos típicamente coloniales. Versalles dominaba en el mundo y la Casa de Borbón reinaba en España. Ya en la República, la Plaza de Armas y sus dos portales fueron paseos. El paseo no sólo tiene una categoría gimnástica y deportiva; no sólo significa ejercicio saludable. Tiene presencia intelectual, rango académico y linaje filosófico. Hace cuarenta años, el Paseo de los Descalzos había recuperado algo de su viejo atractivo y era frecuentado, según las horas, por parejas de enamorados, por grupos de estudiantes o por viejos meditabundos. El gran paseo de los escritores y los artistas, en 1910, va desde los Descalzos hasta la Exposición. Los bohemios se apoderaron del Parque Neptuno, el Rincón de los Garifos, como le llamó uno de ellos. Cuando los bohemios prosperaron, Abraham Valdelomar y Enrique Bustamante y Ballivián le dieron categoría literaria al parque de Barranco. Y el parque, que aún conserva su atractivo rural, se pobló de versos y de disputas. José María Eguren, andarín famoso, viajaba de Barranco a Lima a pie. Y de Lima a Barranco. La exhibición de elegancias ocurría en el Jirón de la Unión, sobre todo entre Mercaderes y Baquíjano, entre las 12 y la 1 del día y entre las 5 de la tarde y las 7 de la noche.

El pasear es casi un vicio y, como todos los vicios, crea fraternidades y logias. Charlar paseando es muy agradable. Y hay que ver cuando el grupo se detiene para escuchar a uno de los paseantes que necesita de algún minuto de reposo para descongestionarse de la elocuencia que lo invade. En todas las universidades del mundo, el claustro es sitio de paseo, de estudio y de controversia. Tiene algo de ágora. Ya no hay cómo pasear. La Plaza de Armas no es tal Plaza de Armas. Es un paradero de automóviles. Otro tanto cabe decir de la Plaza San Martín. Y del Parque Central de Miraflores. Y del Parque de Chosica. Y del Parque de Barranco. Durante el verano, los automóviles lo ocupan todo en La Herradura y en La Punta, en Aguadulce y en Ancón. Dentro de poco, tendremos el baño de mar en automóvil, en carros que pronto veremos.

No lamentamos la motorización, pero por higiene la física y la mental conviene restablecer zonas de paseo, así como hay parques infantiles. Antes, la salida de Misa de 12, en San Pedro, en La Merced o en Santo Domingo era algo delicioso y turbador. Hoy no es posible contemplar tales espectáculos. Los automóviles están poco menos que en las puertas de los templos. Nos parece muy agradable ir a Ica y volver el mismo día, a riesgo de matarse o de matar a alguien. Pero es realmente alarmante la motorización de la ciudad. Otro sitio hermosísimo de paseo fue Magdalena Vieja. Ahora, es una playa de automóviles. Y esto es en todas partes. Semejante forma de vida es atentatoria contra los nervios de innumerables ciudadanos. Los niños vienen al mundo ya motorizados y suponemos que la intensidad del amor se medirá a tantos kilómetros por hora. Cultivemos la aviación, cultivemos el automóvil. Pero cultivemos el paseo, aunque sólo sea cuando se piensa que, durante un tiempo, el cementerio fue lugar de cita y de paseo de muchas parejas. Y es que el cementerio no parece hecho para los muertos. Sobre todo la parte antigua. Sus avenidas y sus bancos son cosas de idilio. Los enamorados les regalan a las muchachas flores que compran en el mismo cementerio. Flores destinadas a los muertos. Ni ellos ni ellas se dan cuenta del doliente encanto de esos presentes, de lo que podría decirse, tomando un verso del insigne poeta boliviano Gregorio Reynolds: “Les dio el amor su dulce olor a muerte”.

La Avenida José Pardo, en Miraflores, también fue buscada por los enamorados y por los conversadores. Pero unos y otros quieren ir para pasear y no para sentarse, cosa que se hace más cómodamente en un club o en un bar. Los enamorados y los conversadores son gentes distraídas y que pasean absortos. Y en cualquier bocacalle de cualquier avenida aparece, de repente, sin anunciarse con la sirena, un automóvil a cien kilómetros por hora y ahí puede terminar un profundo y ameno diálogo platónico o un idilio que cree que es el más original y nuevo del mundo. Lima es ciudad galante, ante todo. Y lo es tanto que vive discretamente su galantería y no luce vida nocturna escandalosa. La vida nocturna en Lima o no se hace o se hace rigurosamente en privado. Todavía la ciudad es un poco pacata, a pesar de su millón de habitantes. Por eso siempre gustó tanto de los paseos.

A los efectos amorosos, el automóvil es poco útil; a los efectos de la charla, es nulo. Si lo que queremos es hundirnos en el paisaje, el automóvil no sirve para nada. Es un excelente instrumento de trabajo; en lo estético y en lo puramente intelectual no sirve para nada. Para los cobradores, para los agentes viajeros, para los que trabajan en publicidad, el automóvil no tiene precio. Lo mismo puede decirse, ampliando inmensamente el radio de acción, del aeroplano. Pero nada más. Quizás, sin nuestra excesiva motorización, el automóvil resultase útil para la contemplación, para el amor, para meditar o, simplemente, para gozar algo de silencio. Dada la cantidad de vehículos motorizados que tenemos y la pésima educación de choferes y de pasajeros, el vehículo motorizado es un peligro serio. Cuando las gentes paseaban, digamos de los Descalzos a la Exposición, tenían numerosas estaciones para descansar. La primera parada estaba al concluir el Puente de Piedra, frente al Palacio de Gobierno. Ahí funcionaban tres cafés: el Roma, el Maximiliano y el Humberto. Veinte pasos más allá, el Hotel Palacio, viejo como Lima. Seguíamos para encontrarnos, en el Portal de los Escribanos antesala de Palacio, con el Estrasburgo. En Mercaderes, Klein y Broggi y Dora. En la esquina de Mercaderes y Plateros de San Pedro, Nove. Más tarde surgió el Palais Concert. En la Plazuela de la Micheo, hoy Plaza San Martín, eran innumerables los bodegones italianos. En la calle de San Cristóbal del Tren, en la calle de San Juan y en la de la Faltriquera del Diablo. No se diga que hoy no hay tiempo para esos paseos. ¿Cómo hay tiempo para ir a cada rato a Huacho? ¿Cómo hay tiempo para ir a almorzar al Callao o a Chorrillos? No ha variado tanto la interpretación del tiempo en Lima. Hace cincuenta años, “El Comercio” daba tres ediciones diarias. Entre las tres no sumaban el número de páginas de la edición matinal de hoy. Y tenemos tiempo para leer las dos ediciones y, además, algunas revistas. Y los políticos y los periodistas, lo mismo que las agencias de publicidad, tienen que leer muchas otras publicaciones. Y hay tiempo. En Buenos Aires, en New York, las cantinas casi no tienen gente hasta las cinco de la tarde, hora del té. Se llenan a las ocho, hora del aperitivo. Y hasta mañana. En la Lima de hoy están poco menos que llenas a partir de las once de la mañana. Las gentes pierden, con la mayor naturalidad y alegría, dos horas diarias en el cine. De modo, pues, que no hablemos de tiempo.

La desaparición de nuestros paseos y de nuestros paseantes obedece a otras causas. Prosiga la motorización; pero que existan paseos reservados para los que quieren pasear sin gasolina.

El paseo es sedativo. La marcha motorizada tiene algo de alcaloide. Presenta el mismo peligro de los alcaloides. Es dulce y fácil acostumbrarse a ella, y arduo y casi doloroso abandonarla.

Publicado en el diario EL COMERCIO, Edición de la mañana, pagina 5, Agosto 15, de 1950. 

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