¿SABEMOS EXACTAMENTE CÓMO ES LA HUACHAFA?
En este caso, como siempre, el diccionario está casi bien. Por aproximación, define así a la huachafa: “Huachafo. Femenino. Peruanismo despectivo. Muchacha que presume de elegante y carece de gusto para vestirse. Vulgar. Amanerada”. La definición vale algo. En primer lugar, no se trata de un peruanismo sino, más restringidamente, de un limeñismo. Claro que como tal, es peruanismo.
La palabra no tiene, gracias a Dios, origen quechua ni origen aimara. No se deriva de nada nazqueño o chimú. Es limeña de Lima y, probablemente, con el más limeño de los orígenes que puedan tener las cosas de limeñas. Es bajopontina. Nosotros diríamos traspontina, como en Roma se dice trastíberíana, es decir, tras el Tíber. Pero no vayamos contra el uso, amo del idioma. Por fortuna, la palabra huachafa no puede venir del quechua guacho o huacho, porque no hay relación ni similitud en el significado de la palabra quechua con el de la palabra limeña. Por otra parte, es bien sabido, en la parla popular limeña, que la influencia del quechua ha sido y es poco menos que nula. El siútico chileno tiene algo del huachafo limeño. Pero nada más que algo. El shocking dista mucho de nuestro huachafo. Lo que más se parece es el cursi español. Veamos el diccionario: “Cursi. Adjetivo familiar. Dícese, de la persona que presume de fina y elegante, sin serlo. Usase también como sustantivo. Aplicase a lo que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridículo o de mal gusto”. Esta definición se puede aplicar a la palabra huachafa. Pero en el limeñismo hay innumerables matices. La huachafería es una verdadera clase social con su música, sus comidas y sus costumbres, todo peculiarísimo.
Entre todos los escritores limeños que se han asomado a las intimidades de la huachafería, a nuestro juicio sólo dos aciertan: Fausto Castañeta y Eudoxio Carrera. Después Yerovi entrevé algo. Hay un vislumbre de la huachafería en Luis Aurelio Loayza. Quizás Eulogio Menacho habría sido el más grande escritor de la huachafería, de no haber disipado su vida y su ingenio en vivir a las huachafas. Nadie las conoció tanto. Fernando Soria, en algunos de sus esbozos teatrales, también entrevió a la huachafa. Nadie iguala a Castañeta y a Carrera. La huachafa no debe ser, necesariamente, muchacha diablo con el consonante, pues el tipo abunda entre las viejas. Y las hay de nacimiento y las hay de adaptación. No siempre carecen de gusto para vestirse. De lo que carecen casi siempre es de medios. Esto lo vemos en el hogar de doña Caro y sus hijas. Son mucha las huachafas que, en posesión de buenos soles, se vistieron maravillosamente y hasta lograron buenas maneras. Pero, entonces, ya no eran huachafas. Los limeños siempre han gustado mucho de la huachafa y la huachafa nunca ha podido soportar al provinciano. Sobre todo, al hombre de la sierra. Hoy, debe haber cambiado todo esto, ya que el problema de limeñizar al Perú se ha trasformado en otro, que está casi resuelto: provincializar Lima. Ya no hay, en Lima, el viejo desdén hacia el serrano y, probablemente, en el serrano ha desaparecido o se ha atenuado mucho – el resentimiento contra el limeño. Este problema de batidora es de los más graves que haya tenido el Perú. Si lo heterogéneo es lo que más nos daña, homogeneizarnos es el remedio. Pero que no se cumpla la ley aquella según la cual la mala moneda desplaza a la buena. La huachafa representa nuestro deseo de superación. No admite salir a vender maní a las calles o sentarse en las esquinas a expender malos bocados. La huachafa es limpia y remilgada. Quizá en su remilgo está su definición. Quizá Moliere en “Las preciosas ridículas”, antevió a la huachafa. Shakespeare barrunta a la huachafa en “Las alegres comadres de Windsor”. Para todo hombre de buen gusto, Brummell y Oscar Wilde serán, siempre, huachafos, y que no parezca esto una herejía. Un dramaturgo uruguayo, Florencio Sánchez, algo vio de la huachafa en su comedia “Mi hijo el doctor”. Y también don Jacinto Benavente en “Lo cursi”. Serafín y Joaquín Álvarez Quintero también presienten a la huachafa cuando escriben “Las de Caín”. Pero la huachafa será perfectamente conocida sólo cuando “Doña Caro” sea perfectamente escenificada y se logre una síntesis de ella con “El doctor Copaiba”.
Allá por el año 1916, varios muchachos compusieron el Código de la Huachafa. Y el artículo cuarto dice: A la perfecta huachafa se la conoce en su irresistible propensión a hablar en diminutivo. Nosotros añadiríamos: y en su invencible propensión a compadecer a todo el mundo. Veamos el fragmento de un dialogo. Una huachafa se encuentra con cierta amiga de situación cómoda y, entre otras preguntas, le hace éstas:
– ¿Y cómo están tus hijitos? ¿Están buenitos?
– Felizmente – contesta la amiga.
– Vaya – asegura la huachafa – Me alegro. Pobrecitos.
Y uno se queda pensando por qué son pobrecitos. Gozan de buena salud y de hogar confortable. Pero la huachafa necesita compadecer. La huachafa es terriblemente egocéntrica y nunca deja de ocupar el primer lugar. No diga usted, delante de ella, que en la confitería de Nove preparan los mejores pasteles. La huachafa sonríe despectivamente. Nove... vaya... vaya... un pastelerito de tres al cuarto. Y así es en todo. Nada hay, para la huachafa, más encantador que ser madrina. Cuando sus ahijados la bazuquean, en la boca de la huachafa se forma un holgorio gluglutearte de diminutivos. No hay que olvidarse de que el diminutivo es la forma instintiva del lenguaje del amor. Cuando el gato ronronea, ¿quién puede asegurarnos que no está hablando en diminutivo? El arrullo de la paloma, ¿no será una forma de diminutivo? Lo que pasa con la huachafa es que usa el diminutivo exactamente cuando no debe usarlo. A la huachafa pertenecen palabras tan absurdas y burdas como “saludcita” y “permisito”. El diminutivo requiere intimidad. Debe ser usado “cuando se tiñen de carmín las sombras”.
En su libro “Tirano Banderas”, donde trata de hacer un batido o un frangollo de todos los americanismos con el español de España, Don Ramón del Valle Inclán usa y abusa del diminutivo. La verdad es que en ese libro uno de los mejores de Don Ramón– lo que abunda es el mejicanismo. Nuestra huachafa no carece de espiritualidad y de ternura. Gusta de agasajar y de esparcir alegría. Por desgracia, quiere hacer todo esto en la misma forma en que los millonarios hacen todo lo contrario. Un banquete a la de verdad, de aquellos de mantel largo y vino añejo, es algo tan aburrido que sólo van a él los que tienen el compromiso de hacerlo. ¿Cuándo apareció la huachafa en Lima? No sabemos. Don Ricardo Palma no la registra. En cambio, Clemente Palma, en las famosas crónicas taurinas que firmaba con el seudónimo de Corrales, ya nos la presenta. La huachafa es hospitalaria y no es mujer fácil ni entregadiza. Tiene en muy alto su punto de honra y, cuando ama, es en forma conmovedora. Lo que sí exige es que todo el mundo se entere de que ella manda en su casa y que su marido la adora. Cuando se casa, generalmente es fiel, en lo cual se asemeja a las grandes damas. Porque dama que cae en adulterio no es ni dama ni grande. Lo encantador en la huachafa es que no se da cuenta de que es mujer del pueblo enemistada con su medio. Tiene, en eso, algo de caballero andante. Vive, siempre, entre príncipes y magnates. Cierta vez, Eulogio Menacho, almorzando con unas amigas huachafas o huachafas amigas, –si ustedes lo prefieren– vio que una de ellas se metía el cuchillo a la boca, para comer pescado. Eulogio hizo inmediatamente lo mismo. Gesto de gran señor. La huachafa quedó convencida de que esa era la verdadera forma de usar el cuchillo y de comer pescado. Eulogio, cuando iba a visitar a sus amigas, siempre les decía que había abandonado la residencia tal o el club cuál. Y les hablaba en constante diminutivo. Penacho era pierolista perdido y, cierta vez, le oímos esta blasfemia:
- Adoro a don Nicolás porque lo encuentro un poco huachafo.
La verdad o no, blasfemia o no, salía de los labios de un pierolista. Las huachafas no eran pierolistas. Eso de partido Demócrata les resultaba feo. Quizá la huachafa de Fausto y de Eudoxio ya no exista, pero la huachafería se ha enseñoreado de la ciudad donde nació y donde pulularon sus adoradores. Hoy, acaso no haya huachafas, pero la huachafería es endémica. Todo tiene su tiempo: hubo tiempo de huachafas. Estamos en el tiempo de la huachafería. Pero recordemos siempre a esas buenas y sencillas muchachas y a esas amables viejas que lo único que nos pedían era que las tratáramos un poco versallescamente. Lo cual era fácil porque las pobres nunca tuvieron ideas acerca de Versalles.
Publicado en el diario EL COMERCIO, Edición de la mañana., pág. 5, Julio 29, de 1950.
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