ME LLAMO JUSTINIANO YANALLUTU, MI MUJER SE LLAMA TEOFRASIA PUCAMICHI, MI HIJO MAYOR SE LLAMA YONI, MI HIJA SEGUNDA SE LLAMA GLADYS, MI SEGUNDO HIJO SE LLAMA UILLI Y LA ULTIMITA SE LLAMA LILY
En primer lugar, lean ustedes bien el título. Sin leerlo no comprenderán bien el artículo. Y empecemos. Es inconcebible que en esta Lima zamba donde el mestizaje presenta formas tan graciosas; en esta Lima de Ño Osrezo, de Pancho Fierro, de Doña Pepa la Turronera y de Vilela, el de los tacutacus inmortales, las salas de espectáculos tengan nombres tan ridículos casi decimos estúpidos como City Hall, Opera y Country. Lo primero quiere decir, en buena traducción lógica, vestíbulo de la ciudad. En cuanto a lo de ópera, palabra que quiere decir obra, además de que así se llaman los dramas cantados, tampoco tiene sentido en una sala de cine. Y country quiere decir campo. En la Lima Grande, la que va de Chosica a Ancón y dentro de la cual está toda la provincia del Callao, hay algo como cíen salas, sin contar los teatros propiamente dichos. Y la que no se llama Cinelandia se llama Omnia. Y hay la sala Royal y la sala Hollywood. Y Ritz, y Rivoli, y Columbia. Y Folies Rouge y Glory. ¿Qué quiere decir eso de llamarle Monumental a un cine de barrio? Falta de imaginación. Falta de ingenio y falta de conocimiento del idioma. Los empresarios y los dueños de locales debieran buscar a alguien que los ilumine; buscar andadores para sus inteligencias que, cuando no son infantiles, son hemipléjicas. Cuando vemos una sala que se llama Ricardo Palma, es sala de chinos. Lo mismo pasa con la sala Francisco Pizarro. A los peruanos lo único que se nos ocurre es usar nombres tan estrafalarios y sin sentido como Western, como Broadway, Splendid, Metropolitan, Capitaol, Danubio, Rialto. El extranjerismo a todo trapo. O nombres tan vacíos como Azul, Metro, Diamante, Central, Apolo, Alameda, Iris, Fantasía, Olimpo. Hay un cine que se llama Montecarlo, nombre propio para un casino en el que se juegue y otro que se llama, no sabemos por qué, Paramount. ¿Y qué opinan ustedes del Cine Rex? Gardel fue, digan lo que quieran nuestros amigos los argentinos, un cantor mediocre. ¿Qué razón hay para que un cine limeño se llame Gardel? Si por música va, no hay un cine Alomía Robles, un Cine Valle Riestra, un cine Duncker Lavalle. No tenemos una sala Ricardo Palma, ni una sala Leonidas Yerovi. Falta la sala Pardo y Aliaga. No existe la sala Federico Elguera, que fue gran propulsor del teatro en Lima. Un cine El Tunante no estaría mal. Como no estaría mal uno quo se denominase El Murciélago. Y otro Juan de Arona. Jamás entenderemos por qué hay un cine que se llama Biarritz. Así como no entendemos que exista el cine Le París. Se trata de un homenaje a Francia y nada tenemos que objetar. Lo mismo cabe decir del cine Roma. O del cine Italia, que no existe. En Magdalena no existe un cine Larco Herrera. Y debiera existir como homenaje a ese filántropo que dejó atónitos a nuestros millonarios y estupefactos a nuestros desvalidos, nunca acostumbrados a tanta generosidad. Prescindamos de esos nombres que nada dicen; de esos nombres que sólo acusan ausencia total de ingenio y desdén hacia las cosas del Perú. Estrella, Diana, Primavera, son nombres cuya misma insignificancia los hace indeseables.
Las calles, las plazas, las salas de espectáculos deben servir para recordar de alguna manera a los próceres, a los hombres que de alguna manera sirvieron a su patria, a los forjadores de la Historia, a los que le dan sentido y valor a la leyenda, a los que son depósitos o verbo de la tradición. Y debe haber sindéresis. No es concebible, por ejemplo, que a un club nocturno se le llame Santa Rosa. Pero una de nuestras grandes avenidas debiera llevar el nombre de la santa limeña. En la Lima de ayer y en la de anteayer, se le rindió a la santa un homenaje infantil y delicado, casi un piropo, algo tan dulce y gracioso que era encantador decirlo. A unas avecillas, moradoras fidelísimas del cielo de Lima, el pueblo las llamó santarrositas. Y hay que ver la imagen de Rosa de Lima, pintada por Laso, para darse cuenta de la exactitud del nombre. Las santarrositas llevan, como su seráfica Patrona, hábito blanco y tocas negras. Y ya no se las ve por el cielo de Lima. Diríase que cuando vieron que Lima se deslimeñizaba, buscaron otras nubes y otros celajes, otra luz, otras auroras y otros ocasos. Por algo pertenecían a la familia de las golondrinas y eran viajeras como las aves becquerianas. ¿.Por qué a ese malecón que se está formando en lo que fue la calle de Polvos Azules no lo llamamos Malecón Martín de Porres? Está a la espalda de Santo Domingo, sede de las piadosas hazañas de aquel gracias a cuya bondad comieron juntos perro, pericote y gato. Los propietarios de cines no debieran ser libres de ponerles nombre a sus locales. En esto, la Municipalidad debiera intervenir. Y la Municipalidad de una ciudad artística e histórica como Lima, está obligada a tener una asesoría en materias de arte y en materias de historia. Así evitaríamos que el cine Excelsior se llame Excelsior y no Leonidas Yerovi, como debiera llamarse, aunque sólo sea porque frente a sus puertas mataron al poeta y porque fue en esa sala donde se realizó la gran velada en honor del insigne humorista asesinado. Y en el hall debiera levantarse un busto del melodioso autor de tantos versos melodiosos. Como en el vestíbulo del Segura debiera estar el busto del risueño comediógrafo cuyo nombre lleva el teatro. Todo lo nuestro va cayendo en manos internacionales, en manos de seres sin patria y sin emoción de la tierra. Y así, nosotros, arca y emporio de la historia de América, somos, cada día más, pueblo sin historia, muchedumbre sin tradición, “territorio poblado por desconcertadas gentes”. El cine Metro, que se alza al centro de la centralísima avenida Nicolás de Piérola, debiera, también, llevar el nombre del glorioso estadista y caudillo. Pero se llama Metro, como se pudo llamar Vara. La palabra Metro tiene, en Estados Unidos, verdadero sentido cinematográfico. En el Perú, apenas es algo que conocemos dentro del sistema métrico decimal. Con tanto poner en todas partes nombres tomados de Estados Unidos, lo único que conseguimos es que los estadounidenses nos desprecien un poco por nuestra absurda desnacionalización. Ya que somos incapaces de crear un cine peruano, por lo menos démosles nombres peruanos a nuestras salas cinematográficas.
Publicado en la revista EXCELSIOR N° 216, pág. 11, Marzo-Abril de 1952
EL ILUSTRE PANFLETARIO SONREIRÍA de oreja a oreja si supiera allá donde está que muchos de los cines que mencionaba en esta prolija nota ya no son tales, pues han sido convertidos en su gran mayoría en Salas de Oración, algunas de las cuales sirven incluso para el Negociado de la Fe, por parte de hábiles embaucadores que con el cuento de la salvación le quitan el "diezmo" a la gente. Ilustrativa nota, sin embargo, aún en estos tiempos en que la gente lee poco. Forma parte del libro que todos debiéramos conocer y leer, por lo menos los periodistas, algunos de los cuales ni siquiera saben las mil historias de las calles por las cuales transitan; y, lo que es peor, ni siquiera les interesa saberlo.
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