POR FIN LIMA SERÁ UNA CIUDAD DONDE NO HABRÁ
MENDIGOS QUE PIDAN LIMOSNA
Esto de definir y clasificar al mendigo es una de las labores más difíciles de la nomenclatura social. En términos generales, mendigo es el que pide limosna y que no trabaja, el que vive del óbolo piadoso que le dan los demás. ¿Y el que no trabaja y vive del mismo óbolo? Se nos ocurre que también es mendigo, haraposo sucio y lacerado; como no se sienta en las aceras ni se acerca a las portezuelas de los automóviles ni pide limosna públicamente, no está comprendido dentro de lo que, convencionalmente, llamamos mendigo. Entre las obras de misericordia hay una que ordena: enseñar al que no sabe. Pero ninguna nos dice: ayudar al que no puede. Y aquí está el problema de la mendicidad. Podemos tratar la mendicidad como asunto social o por medios técnicos. Podemos tratarla nada más que por medio de la misericordia. Lo inteligente sería fusionar ambos procedimientos, es decir, crear seres humanos en los cuales el higienista y asistente social se injertara en un discípulo de San Vicente de Paúl. A nuestro juicio, para ser mendigo hay que ser necesariamente desvalido. No valerse a sí mismo para nada. Un mutilado, un viejo en extremo y un aquejado de ciertas enfermedades –son muy contadas– son, en realidad, los únicos que merecen protección y los únicos a quienes no puede pedírseles que trabajen, son los desvalidos. Está muy bien que intentemos suprimir la mendicidad callejera, a la cual se acogen, frecuentemente, innumerables sinvergüenzas. A los verdaderos desvalidos debe protegerlos el estado. Nuestra pululante mendacidad callejera obedece a muchas causas. Vamos a enumerarlas. Una, la despoblación de los campos y, como consecuencia, la superpoblación de Lima, es decir, la macrocefalia y su inevitable secuela, la desnutrición, el hambre, el frío, el harapo, la falta de techo. En una palabra, todos los progenitores de la mendicidad, de la nauseabunda e indecorosa mendicidad callejera. Dos, el atractivo que tiene la industria y el comercio, con grave desmedro de la agricultura. Tres, la agonía mundial de la moneda y la funesta intervención, en todos los órdenes, del intermediario. Cuatro, el hecho de que no tengamos ninguna organización y ninguna vigilancia acerca de quiénes y cuántos son aptos o no lo son para trabajar. Tenemos las escuelas de asistencia social, que ya han prestado inapreciables servicios. Pero no las hemos utilizado a fondo. Habría que darles vida y llevarlas al auge, es preciso que sepamos distribuir trabajo para la mujer, para el niño, para el anciano; para los enfermos, muchos de los cuales pueden trabajar; para los locos y, sobre todo, para los ociosos, que tienen su natural asiento en el Perú. Si vemos bien las cosas, el problema no reside en proteger a los mendigos, sino en hacer trabajar a los holgazanes. En todas partes del mundo las gentes pretenden a menor tarea mayor salario; pero, posiblemente, en ninguna parte en forma tan aguda como en el Perú. Para librarnos de todos los apuros y salir de todos los aprietos, tenemos una palabra mágica: combinación. Pero dada nuestra haraganería, nos cuesta trabajo pronunciar toda la palabra y decimos solamente: combina. No sería raro que los que mendigan impúdicamente en las calles crean que están haciendo una combina. Creemos que la mendicidad debe ser castigada como un grave delito social. Otra cosa es socorrer al desvalido. Hay innumerables viejas que nos abordan en la calle para hablarnos en secreto. Dado que celestina nunca fue joven, tememos que esa anciana que se acerca a secreteamos nos traiga alguna proposición ruborizadora y agradable. Por desgracia no es así: viene a pedirnos limosna. La mayor parte de esas viejas podrían ser gobernantas, amas de llaves, cuidadoras de niños o vendedoras en algún puesto en algún mercado. ¿Será que pedir limosna no cuesta trabajo? Esto nos parece improbable. Lo que hay, en realidad, es el fracaso de la vergüenza. Y el incontenible amor a la holganza. Aquí nadie sabe que “el cumplimiento diario del deber es la poesía familiar de la vida”. Así como tenemos conscripción del trabajo. La grandeza de Inglaterra se funda, paradójicamente, en su ilimitado y heroico amor a la libertad y en el rigor de sus leyes, tan severas e implacablemente cumplidas y aplicadas. En este Perú con indios tristes y zambos bailarines y donde la pereza es reina y señora, se necesita enseñar y obligar a trabajar; inculcarle a la gente la certeza de que nunca el ocio es tan dulce como después de un largo y penoso trabajo. Conste que hemos hablado sólo del mendigo visible e innegable. Como quien dice, del mendigo oficial; y quizás el más peligroso es el otro mendigo, el que tiene automóvil y asiste a las salas nocturnas de baile. A ese mendigo que hace como que trabaja. Y nos queda el cuentero: el cuentero del billete de lotería, el cuentero del cuento del tío, el que nos cuenta que su esposa está en agonía y su hijo ha muerto y no tiene para enterrarlo. No necesitamos proteger al desvalido, curar al enfermo y hacer trabajar a todos. Y, ante todo, no tener vergüenza de trabajar y comprender que es más honroso lustrar zapatos que pedir limosna. Siempre será más respetada la mujer que barre su casa, lava su ropa y guisa su comida, que la mujer que vende su cuerpo. En la primera, acicalarse es un adorno; en la segunda, un oficio.
Publicado en el diario EL COMERCIO, primera edición, pág. 3, Julio 26, de 1953.
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