PALABRAS DE ELOGIO DE LA BASURA, DE LA ESCOPETA,
DEL GALLINAZO Y DE LA COMUNA
Una mañana en que, por incomprensible designio de los dioses, me tocó madrugar, vi, en la Avenida Nicolás de Piérola, que sobre los bordes de una lata de basura se detenía un gallinazo y metía el pico ávido en el montón inadjetivable. Luego, se desprendió y, trémulo en el aire, manteniendo el equilibrio con las alas rígidas, continuó en su banquete antiplatónico. Un verdadero ágape aéreo.
En aquel momento comprendí la vieja utilidad del gallinazo limeño. Ya en los tiempos del tajamar, el gallinazo cumplía, con apetitosa solicitud, sus arduas obligaciones de baja policía y trataba de que los muladares quedasen limpios, milagro que sólo puede realizar un gallinazo.
Lo que no he comprendido nunca es la utilidad de la basura. Hace días, “La Revista Semanal” le pidió al señor Alcalde de Lima que, descendiendo de las alturas financieras en que se hallaba, se situase en un plano más edilicio y ordenara que los gallinazos no fuesen los únicos habitantes de Lima ocupados en librar de la basura a la ciudad.
El señor Alcalde, siempre solícito, ha contestado por medio de un aviso en los diarios y, en su respuesta, me parece entender que no capta la realidad del problema de la basura de Lima. Pide, el señor Alcalde, que los vecinos usen, para entregar, en la calle, los desperdicios caseros, tarros con tapa. Con paternal afán, señala los precios de esos tarros y quiere demostrarle al vecindario que no se trata de un dispendio.
Pero fíjese bien el señor Alcalde. Si los tarros que el vecindario lleva a la calle, para que los recoja el carro de baja policía, van a tener tapa, ya los gallinazos no podrán cumplir, con el escrúpulo que en ellos es habitual, sus delicadas funciones higiénico-gastronómicas. El tarro con tapa equivale a la exoneración del gallinazo como empleado público. No vamos a pedir que se le pague lucro cesante ni que se le indemnice, conforme a las leyes que rigen al trabajo en nuestro país. No.
Simplemente queremos demostrarle al señor Alcalde que los únicos que nada pueden hacer para que el problema de la basura en Lima quede bien resuelto, son los vecinos. En materia de basura, una ama de casa limpísima vale menos que un gallinazo. El problema de la basura en las calles de Lima, de ningún modo va a solucionarse obligándoles a los vecinos a comprar tarros con tapa. No tiene sino dos soluciones: o se les obliga a los empleados de la baja policía a que cumplan con su deber o se funda una escuela donde los gallinazos perfeccionen su técnica de recolectores de basura.
Este segundo término, parécenos de aplicación difícil. En realidad, el perfeccionamiento técnico del gallinazo sería costoso. Nos obligaría a traer profesores extranjeros. Preferible es que, aunque no sea mucho más fácil, el señor Alcalde intente que los empleados de baja policía aprendan su oficio.
¿Ha visto el señor Alcalde la forma en que los carros de baja policía recogen la basura en las calles de Lima? Va a perdonar que intentemos describir el cuadro. Los carros recolectores de basura pasan por las calles con una velocidad y una majestad que apenas son tolerables en los carros de la Asistencia Pública o en las bombas cuando marchan a enfrentarse a un incendio. En cada carro van dos empleados. Uno que guía y otro que, sin descanso, toca una campanita de tañido entre fúnebre y frívolo. Al oír las voces de la campanita, la servidumbre sufre, dentro de las casas, algo como un ataque de locura. Sirvientas prendidas a una lata sin tapa, bajan cinematográficamente las escaleras o atraviesan los patios o cruzan los corredores hasta llegar a la calle. Pero sucede que cuando llegan, ya el carro ha pasado, siempre tocando su campanita. Entonces la sirvienta, sin soltar su tarro sin tapa, emprende la fuga tras el vehículo recolector. El vehículo se detiene en la segunda esquina. La campana cesa. El campanero empieza a coger los tarros, a echar su contenido en el depósito y a lanzar violentamente los tarros a diez o quince metros de distancia.
La calle se llena de sirvientas que corren y de latas que se caen estrepitosamente. Y, desde luego, de basura que va saltando a las aceras y a la calzada. Dada la prisa del carro de baja policía, es frecuente que la sirvienta no lo alcance. Entonces, sin soltar su tarro se vuelve a la casa y se dedica, pacientemente, a acumular basura, hasta el día venidero. En ese día, el problema se intrinca. Hay que echar dos latas de basura.
En las casas de vecindad o de departamentos, el suceso tiene proporciones tragicómicas. Las gentes corren, tropiezan, se entrecruzan, caen, se levantan, gritan, rabian. Y todo esto sin soltar su tarro sin tapa donde está la basura. Y todo esto, mientras suena, angustiosa, definitiva, inapelable, sin prórroga, la campanita del carro recolector.
Ante esta situación, ¿cree el señor Alcalde que la sola tapa resuelva el problema? No negaré que, con respecto a las sirvientas que corren prendidas a las latas, las tapas resuelven el problema. Pero sí niego que lo resuelva para el público. Viéndolo bien, el problema de la basura no es sólo un asunto callejero. Es también, y principalmente, un intríngulis doméstico. Lo que se quiere es que la servidumbre –o las mismas amas de casa, si así lo quiere la situación– estén en posibilidad de conseguir que la basura salga del domicilio en condiciones honorables. No se trata de echarla como si fuera un advenedizo o un intruso. La basura representa muchas cosas. Si la examinamos, nos será fácil comprender el rango económico y social de la familia. El análisis de los detritus siempre es bueno para el diagnóstico.
En una palabra: es preciso que la baja policía recoja metódicamente la basura. Que la recoja con limpieza. El frenesí en materia de basura es muy peligroso. Los carros recolectores deben detenerse siquiera en cada esquina y en mitad de cuadra. Y detenerse no un minuto sino algo más, de modo que el transporte de basura desde la casa hasta el carro no se convierta en un pugilato ni en una carrera de resistencia. Cuando se trata de basura, hay que proceder con mucha calma, con mucho método, con mucho aseo. Igual que cuando se trata de negocios o de política.
Ya ve el señor Alcalde que el solo tarro con tapa no resuelve el problema. Mientras los carros sean unos mecanismos desaforados y las sirvientas unos organismos enloquecidos, la basura seguirá haciendo de las suyas en Lima. El señor Alcalde no puede ignorar cómo se hace la recolección de basuras en las grandes ciudades. Es decir, en las ciudades que pasan del millón y medio de habitantes. Porque Lima es, lo reconozco, una gran ciudad; pero con muchísimo menos de un millón de habitantes.
Una vez resuelto el problema de la recolección de basuras, queda el problema de la cesantía del gallinazo, antiguo y meritorio empleado municipal, padre de la baja policía. ¿Qué vamos a hacer con el gallinazo? Ya tenemos tarro con tapa, carros que se detienen en cada esquina y en mitad de la cuadra y que esperan que la basura llegue hasta ellos y que quien la lleve pueda regresar a su casa sin que le tiren a las narices el tarro con tapa. Todo está resuelto. ¿Y el gallinazo?
No hace mucho, me dediqué a imaginar, sentado en un banco de la Plaza de Armas. Y vi el cielo poblado de gallinazos. Ustedes recordarán de aquel prelado que, luciendo mitra y báculo incluso, la suntuosa vestidura episcopal, corona al Palacio de los Arzobispos de Lima. Pues bien: en cada uno de sus hombros, se había posado un ave negra. Otro gallinazo reposaba sobre la mitra venerable. Recordamos a la paloma del Espíritu Santo, al Ave Paráclita. Por desgracia, no es muy claro el parecido de un gallinazo con una paloma.
Entonces nos dimos cuenta de que, vista la abundancia de gallinazos en Lima, se impone el uso libre de la escopeta. Dediquémonos a cazadores. En vez de bastón, usaremos escopeta. Bien organizado el servicio de recolección de basuras, los gallinazos evidentemente sobran. Seamos nietzscheanos. Eliminemos al inútil y al cesante.
La imaginación me pintó una ciudad sin basura y sin gallinazos. Una ciudad regida por el tarro con tapa. Admirable ciudad. Ciudad purificada por el uso de la escopeta. Observen ustedes que, en este caso, la escopeta es el símbolo supremo de nuestro perfeccionamiento urbano. Mientras haya basura, no es posible prescindir de los gallinazos, es decir, no es posible preconizar el uso libre de la escopeta. No cabe duda de que el gallinazo es, pese a su ilustre pasado higiénico, un animal poco limpio y poco decorativo. Hay que suprimirlo. Pero antes, hay que suprimir la basura. Véase, pues, cómo lo que empieza en un tarro con tapa termina en una escopeta.
Es necesario que, en el momento mismo en que la baja policía empiece a funcionar eficazmente y supere a los gallinazos en materia de técnica para recolectar basuras, Lima se convierta en una ciudad de cazadores de gallinazos.
Lo que temo es que el personal de baja policía no logre, pese a la energía del señor Alcalde, superar al gallinazo. Entonces, no quedaría sino un recurso: municipalizar en absoluto el servicio de los gallinazos y usar la escopeta contra la baja policía. De todas maneras, la escopeta es la terminación del ciclo, el final de la cultura, la madurez. Tal sería la interpretación spengleriana de la basura en Lima, vista desde un ángulo donde la conciencia vigilante pudiera ubicar valorizaciones nítidas, gracias a una estimativa transida de afanes contemporáneos.
Publicado en LA REVISTA SEMANAL Nº 144, pág. 4, Junio 5, de 1930 y posteriormente en CASCABEL, págs. 1 y 2. Febrero 7, de 1948.
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