ESTÁ BIEN MAMBO, PERO NO TANTO
Nada hay que objetar contra el apogeo del mambo. Cada época tiene lo suyo y lo que está de acuerdo con la época siempre es bueno. No hemos oído del mambo y es intencionalmente que no lo hemos oído. Acaso nos hubiera gustado y escribiríamos bajo el prejuicio de que nos gustó. De haber ocurrido lo contrario, el prejuicio habría sido el contrario. Y el prejuicio nunca es bueno, salvo que tenga, para decirlo con frase viejísima, el único prejuicio de no tener prejuicios. Nos cuentan que en algunos locales públicos de Lima las gentes han bailado sólo mambo toda la noche. Muy bonito debe ser el mambo; pero mambo desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana. Cuán diferente eran los antiguos bailes. Hablamos de los grandes bailes, de los saraos, no de las tertulias donde ocasionalmente se baila. Iniciábase la fiesta con la cuadrilla de lanceros. Cuatro parejas. Nada más, las cuatro damas y los cuatro caballeros más encopetados. Por ejemplo, en el famoso baile que, en 1905, se le ofreció a Don Roque Sáenz Peña, bailaron la cuadrilla de lanceros el Presidente José Pardo con la señora Carmen Heering de Pardo; el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario argentino con la esposa del Alcalde de Lima y el Alcalde de Lima con la esposa del Plenipotenciario argentino. Luego venía la cuadrilla francesa. Ahí entra todo el mundo. En seguida iban alternándose el valse, la mazurca y la polca. Muchos años antes, figuraban el pas de quatre y el pas de patiné. Después se incorporó el tango. Más tarde vino el valse Boston y a veces lució su gracia el valse criollo: ese valse en el que a veces se confunde el sentimentalismo arequipeño con la picardía de Lima. Pero nunca perdió su rango de valse de Viena. Aún no lo ha perdido. Las niñas llevaban carné. Era, generalmente, de pergamino, aunque baile hubo en que los carnés, fueron tablillas de marfil. Un lazo de seda iba, con un lápiz, atado al carné. Ahí figuraban los bailes y los mozos solicitaban el primer valse o la primera polca o la segunda mazurca. Que un mocito y una muchacha bailaran por primera vez a nadie le llamaba la atención. Que bailasen dos veces ya daba lugar a cuchicheos. Si bailaban tres veces significaba poco menos que matrimonio o, por lo menos, noviazgo. El mocito se acercaba a la chica, le ofrecía el brazo y “la sacaba a bailar”. Terminado el baile, la conducía siempre de brazo a su asiento. Y, al fin, una reverencia. Hoy, el caballerete, plantado a mitad, no del salón sino de la pista de baile –la pista, señores, fijarse bien– le chista a una muchacha. La muchacha se pone de pie y marcha hacia el fino galán. Bailan y el fino galán la deja plantada, en mitad de la pista a la chica. Bueno, estas cosas es posible hacerlas en una pista. Era imposible hacerlas en un salón. Un scottis bien bailado no tiene sitio en una pista. El tango cabe. En aquellos de las sedas crujientes, de los corsés que tenían algo de presidio, de los peinados monumentales, de los abanicos. “El tesoro del cielo es menos rico que el tesoro que vela la importuna caricia de marfil de tu abanico”. De pronto empezaron a galopar a lo ancho y a lo largo del mundo los cuatro jinetes del Apocalipsis. Y nacieron la guaracha, el bote, la rumba, el bolero, el shimmy, la conga, la zamba, la machicha, el son, el fox trot, el one step, la bamba. Y, al fin, término y fin de una civilización, el mambo. Ya no existe el delicado ambigú de antaño, al filo de las tres de la mañana. Pasteles, muchos dulces, montañas de golosinas, cataratas de refrescos. Y casi nada de alcohol. Algunos señores muy serios e importantes paladeaban una copita de oporto, de jerez, o de cognac. Nunca hubo pacatería. A las cinco de la mañana, minutos antes de partir, sonaba la marinera. Y así como los lanceros eran bailados por las gentes de pro, la marinera era cosa de muchachos. En los bailes antiguos, el crepúsculo matutino estaba representado por la edad madura o por la ancianidad. El véspero lo simbolizaban los jóvenes. Y es que, como ya lo dijo alguien, nada se parece tanto al ocaso como la aurora. Hoy hay huaiños con tiempo de valse. Cuando las danzas empezaron a ser un poco ligeramente indecorosas, su Santidad Pío Décimo recomendó la furlana. Era un baile casto, casi un baile casto, casi un baile para música gregoriana o para canto llano. Pero era elegante, suave y no exento de coquetería. No ha prosperado, porque la lubricidad de los hombres no conoce frenos. Tampoco ha tenido buen éxito un delicioso baile brasileño: El tiroliro, cadencioso y exquisito, pero sin saltos y sin sobresaltos. Un baile de tono europeo, como la mazurca y la polca polacas, como el valse vienés, como las danzas francesas del siglo dieciocho. No hablemos ya de la pavana, de la gavota, del minueto, de rigodón y de la contradanza. “Galantes pavanas, fugaces gaviotas –cantaban los dulces violines de Hungría”. Ya que estamos en la era del mambo, oigamos y bailemos mambo toda la noche. Pero conste que aburre comer pavo todos los días. Un régimen de mambo puede quitarnos las ganas de bailar, como un régimen de zanahorias quita las ganas de comer. Cultivemos siempre la unidad en la variedad. El baile es uno: los bailes son muchos. Y, a la hora de bailar recordemos que no somos africanos, que no hemos nacido bajo palmeras ni que tenemos por toda esperanza un oasis. Antes se decía que fulano era un excelente valsador. ¿Creen ustedes que, honestamente, puede decirse que fulano es un excelente mambeador? Hay palabras de suyo indecentes, como hay personas que siempre parecen sucias aunque se bañen tres veces al día. Bailar mambo toda una noche es no saber bailar. Todo pide dosis. Hasta el mambo.
Publicado en el diario EL COMERCIO, Edición de la mañana, pág. 5, Marzo 12, de 1951
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