LEONIDAS YEROVI
Si mis apuntes y mis recuerdos no mienten, Leonidas Yerovi tendría, ahora, setenta y dos años. Fue asesinado en febrero del año 1917. Tenía 36 años. Es difícil localizar a Yerovi, y tal es su originalidad que en ella reside su irresistible atractivo literario. No fue un romántico ni un modernista. Estaba en la linde de las dos escuelas. Fue un delicioso humorista, pero, a mi juicio, valía más como lírico. En una conferencia que ofrecí en el centro universitario el año 1911, dije que Yerovi era el poeta representativo de la costa. Este concepto lo recogió, más tarde, José de la Riva Agüero, y, desde luego, le dio autoridad, y la gente se inclinó, justificadamente, a creer que le pertenecía. ¿Quién era yo, qué tenía yo, para ser dueño de ideas tan nuevas? La gloria no consiste tanto en que uno tenga tales o cuales peregrinas ocurrencias, sino en que la gente crea que sólo uno es capaz de ocurrencias peregrinas. Cuando perdí las vanidades y las inquietudes de la juventud, empecé, como todos, a admirar a Riva Agüero. Esto era lo indicado en el orden social.
Leonidas tuvo la profunda ligereza epigramática del genio costeño con la burlona socarronería madrigalesca que hay en los grandes bailarines de tondero. Su ingenio era claro y fresco. La cultura no lo enturbió. La espontaneidad de su verso es lo que le da más gracia. En su obra teatral ocurre lo mismo. Si juntásemos en un tomo sus obras teatrales y en otro sus versos, veríamos que como poeta valía infinitamente más que como comediógrafo. Sus versos burlones al ciento por ciento son los periodísticos. A la cabeza de ellos, sus “Crónicas Alegres”. Hoy poco recordamos de ellas. Pero es imposible olvidarse del “Brindis, de aquellos versos dedicados a Titina, Tina, Tontina; de aquellos que escribió en honor de las empleaditas de tiendas de lujo y de aquel milagroso soneto que dice:
Con un ir y venir de ola de mar,
así quisiera ser en el querer:
dejar a una mujer para volver,
volver a una mujer para empezar.
Golondrina de amor en anidar,
huir en cada otoño del placer
y, en cada primavera, aparecer
con nuevas, tibias alas que brindar.
Esa,!.. aquella...la otra... Confundir
de tantas dulces bocas el sabor
y, al terminar la rueda, repetir
y no saber jamás cuál es mejor
y, siempre ola de mar, ir a morir
en sabe Dios qué playa del amor.
El acendrado, fragante y purísimo lirismo de este soneto, su alegre escepticismo, su voluptuosa conformidad, nos revelan que nos hallamos ante un lírico pocas veces igualado. Es romántico, pero ya tiene factura modernista. Parece resultar de una colaboración de Bécquer y Rubén Darío. Como todos los espíritus de verdad artísticos, Leonidas no era alegre. Trataba, sí, de serlo. Fue muy agudo. Y fue lo menos literario que puede ser un literato de tan alta calidad. Su limeñismo era irreductible. Se aburrió infatigablemente en Buenos Aires. La cosmópolis argentina le inspiró poco. Su poema “El café de las Ghiranlas” es, acaso, lo mejor. Casi lo único. Trabajó toda su vida y lo hizo con tanta elegancia y naturalidad que parecía ocioso. Y nunca lo fue. Cuando lo mataron, estaba escribiendo. Y, cuando lo mataron, estaba “en sabe Dios qué playa del amor”. Pero no estoy haciendo una biografía. Esto es, apenas, un esbozo crítico. Yerovi no fue un coló-nido, porque detestaba la afectación y jamás entendió la pose; pero perteneció al vasto grupo renovador de nuestras letras. Es, pues, de los nuestros. Cuando el tiempo borre diferencias y realice la síntesis de nuestros movimientos literarios, estoy seguro de que Leonidas figurará como colónido. Porque no cabe duda que esté será el nombre que se le dará al conjunto de hombres de letras que alzamos aire y luz sobre nuestra literatura, que le quitamos su moho historicista y la engastamos a la vida. Será necesario que pasen cincuenta años más para que se perciba el sabor y el perfume de aquellos mostos. Aún no tenemos suficiente bodega. No hay nada como el tiempo para dar o quitar gloria. Se cumple la frase del azangarino:”Vuestra gloria crecerá con los siglos, como crece la sombra cuando el sol declina”, si le aplicamos la frase a Leonidas.
Publicado en la revista COLONIDA, números 2 y 3, de 1916.
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