Escribe un colónido
EN CIERTOS TIEMPOS, LIMA TUVO PALAIS CONCERT,
ZOOLÓGICO, BROGGI Y DORA, JARDÍN DEL ESTRASBURGO
Y VIDA NOCTURNA
Como los hombres, las ciudades tienden a transformarse incansablemente hasta que les llega el momento de la decadencia. Pero que una nación se trasforme no quiere decir que se despersonalice, que pierda su carácter o, lo que es lo mismo, que anticipe su decadencia. Y esto es lo que va ocurriendo en Lima. Esta ciudad que, por su clima suave, siempre conoció una alegre vida nocturna, ya no la tiene. Que la ciudad se haya agrandado no quiere decir nada. El que se meca-nice hora por hora es, más bien, un peligro. Nada se logra con que Lima empiece en Ancón y termine en Chosica, extendiéndose, por otra parte, hasta La Punta. Hemos dicho mal: se logra que los choques entre los vehículos motorizados aumenten día por día. Se logra que la proporción de peatones atropellados sea más impresionante que una novela policial. Hasta hace como un cuarto de siglo, era posible, para ricos y pobres, hacer vida nocturna casi sin salir del jirón de la Unión. Al final de la calle Palacio funcionaban tres cafés: el Humberto, el Maximiliano y el Roma. Los tres amanecían y los tres eran para gente modesta. En el Portal de los Escribanos estaba el Jardín de Estrasburgo, que tenía una puerta de escape a las calles de las Mantas. El Estrasburgo cerraba muy avanzada la noche y era, verdaderamente, un jardín. Estaba lleno de senderos cubiertos con menudas piedras de río. A las tres de la mañana era fácil, en el Estrasburgo, comer un buen lomo con papas fritas. No era para gente humilde y, en un tiempo, fue el local con más rango en Lima. Broggi y Dora –lo mismo el local de la calle de los Espaderos que el local de la calle de los Plateros de San Agustín– servían para iniciar vida nocturna. Broggi y Dora servían los mejores aperitivos que haya bebido Lima. En los altos del local de los Plateros de San Agustín, poseía comedores de lujo que servían banquetes pedidos con anticipación. Los bajos de ese local de la calle de los Plateros de San Agustín fueron, principalmente, un bar. En la calle de los Espaderos, Broggi y Dora tenían dos salas contiguas: una era un bar y la otra confitería y salón de té. Los locales de Broggi y Dora cerraban, más o menos, a las diez de la noche, pero, cuando cerraban, ya eran muchos los clientes que opinaban que el que no la sigue la pierde. Siempre en la calle de los Espaderos, funcionó el Hotel Americano, célebre a principios de este siglo por sus lomitos y por sus tallarines. Todos estos locales eran caros. En mil novecientos abrió sus puertas el Palais Concert en la esquina que forman Baquíjano y Minería. La entrada principal estaba en Baquíjano. Fue bar, confitería, heladería, salón de té. Lima vivía arrullada por la música vienesa. Y fueron las damas vienesas las que alegraron, primero las noches del Estrasburgo y, después las del restaurante del Jardín Zoológico, inmenso y reverberante local de cristal que se encendía como un ascua, al final de lo que es hoy el Paseo de la República. Beber los primeros aperitivos en Broggi y Dora, reeditarlos en el Palais Concert para ir a comer, a las once de la noche, en el Zoológico era el colmo de la elegancia. Aquellas comidas no terminaban nunca antes de las dos de la mañana y fueron el encanto de las niñas bien de las casas mal y de las niñas mal de las casas bien. Los estudiantes, los artistas y los vagos de buena conducta comían en el Restaurante Francoperuano, en el Portal de San Agustín o en el restaurante La Bonne e Toyle en la calle del Teatro. De la comida, se iba a la zarzuela o a la comedia. Terminada la función, la muchachada tenía muchos sitios. El salón Mi Casa, en la Calle Ortiz, donde el propietario, Rafael Rodríguez, se lamentaba interminablemente de no vivir en Málaga y de no comer boquerones todo el día. Era algo muy español. Lo más limeño era irse al Café de los Balcanes, en la calle del Teatro o bien – esto ya al filo de la madrugada – al Café Can Can o al Café Lima, en la calle Presa y anexos al mercado central. Aquella era la hora del tacutacu, del chilcano, del emoliente y del pan con chicharrón. En la calle Viterbo, casi al abrirse el Puente Balta, estaba el restaurante Viterbo, donde servían una pomposa comida italiana que no hemos vuelto a ver. No amanecía; pero llegaba hasta la medianoche. En la calle de la Pescadería estaba el restaurante El Edén, donde presentaban una impresionante comida alemana y donde el aperitivo estaba constituido por dos o tres litros de cerveza y por un kilo de papas fritas. No tenía hora de cierre. Cerca de esas casas que los hombres virtuosos llaman lenocinios, funcionaba la Viuda Alegre y el Restaurante de Panchón, siempre poblados de parejas con mujeres siempre muertas de hambre. Ahí servían unas carnes llenas de grasa y unas grasas que parecían sopas. En la calle de Boza estaba el Morris Bar. Era sólo un bebedero. El verdadero bar. Pero cerraba tarde. Los periodistas y sus cómplices tenían en la calle Filipinas el restaurante de Paderes, que cerró un tiempo y reabrió más tarde en la calle de Matajudíos. La muchachada de las imprentas siempre le llamó Paderes a Paredes, y es que Paredes nunca pudo llamarse a sí mismo Paredes. Siempre las papas a la huancaína con una semana de antigüedad. Siempre las papas rellenas eran cementerios de moscas. En aquellos tiempos, no era fácil ir al Callao; pero en caso de ir, allí estaba el Bar de los Marítimos, lleno de marineros, de idiomas y de razas. Al Bar de los Marítimos concurrían las pobres mujeres de la calle de Piura para emborracharse con los marineros. En el Callao también funcionaba el Salón Blanco, restaurante donde más suntuosamente hemos comido. Son muchos los factores que han contribuido a que la vida nocturna de Lima desaparezca o esté al alcance sólo de algunos millonarios, que puedan pagar veinticinco soles por una botella de cerveza, o de algunos mendigos que, en compañía de perros sin dueño, husmean los montones de basura. En primer lugar, han vendido el cuento de las siluetas, el de la presión arterial y el de que no hay que comer de noche. Luego, y por razones que no comprendemos, la producción de alimentos se ha reducido en demasía. Los habitantes de todo el Perú quieren vivir en Lima y es evidente que Lima no puede alimentar a los habitantes de todo el Perú. Pero hay casos extrañísimos. Por ejemplo: las menestras y casi todos los productos hortenses han desaparecido. Los peces de nuestra costa marítima emprenden viajes cuyo itinerario es difícil determinar. Las gallinas y las vacas parece que no tienen crías. Otro tanto puede decirse de los demás animales de cocina. Desde que nos hicieron comer carne de perro y carne de gato, le tengo horror al cabrito. Al transformarse la vida galante, naturalmente se ha trasformado la vida nocturna. Ha desaparecido el teatro y tenemos que convenir en que con las sombras del cine es imposible organizar una cena. Todos los andinos que vienen a Lima viven constantemente acatarrados y son tuberculosos, por decir lo menos, No están, pues, para pensar en vida nocturna. Las mujeres más o menos alegres prefieren un par de medias de nylon a una buena cena. Y seguramente el lápiz rojo con que todo el día se untan los labios les ha malogrado el aparato digestivo. Hace un cuarto de siglo, los hombres de arte –literatos, pintores, escultores y músicos– vivían más o menos unidos. La esquina del Palais Concert era el centro literario de Lima. Hoy la inteligencia es algo solitario y monótono. El Teatro Municipal y el Teatro Segura son los únicos locales que nos quedan para que trabaje el arte dramático de carne y hueso. Después hay más de cien salas pobladas de espectros. Con el cinematógrafo colabora la radio. En estas condiciones, la muerte del arte es inevitable y es inevitable la homogeneización de las ciudades. Al despersonalizarse el individuo, se borran los colores tradicionales de la ciudad. Defendamos nuestras costumbres, sin oponernos a la modernidad, pero sin permitir que le quiten a Lima lo mejor que tiene: la pátina.
Publicado en la revista CARETAS N° 11, págs. 37-39, Agosto, de 1951.
No hay comentarios:
Publicar un comentario