lunes, 19 de noviembre de 2012


LIMA, CIUDAD DE PROVINCIANOS INADAPTABLES E INADAPTADOS

En casi todas las naciones, la capital viene a ser algo así como una síntesis del país donde las distintas regiones exhiben lo mejor de la vidriera. Pero no en todas es posible ese desplazamiento de poblaciones, esa transfusión de capitales humanos. En el Perú es poco menos que imposible. No hace mucho, uno de nuestros más ilustres charlatanes dijo, en una de nuestras más egregias casas de garrulería, que la desdicha del Perú es ser triangular. Tal triangularidad lenguaje nuevo se comprueba viendo el mapa. Parece mentira. En muchas familias, el triángulo constituye la felicidad. En el Perú es una desdicha. La verdad es que el Perú es un país diferente y esto ya lo dijo hace años Alejandro Belaúnde. En el Perú hay una cosa que se llama altura y que impedirá siempre que existan ósmosis y endósmosis entre las tres regiones. O, por lo menos, entre dos.

El hombre de los Andes nunca estará bien ni en la Selva ni en la Costa. El hombre de la Costa y el hombre de la Selva nunca estarán bien en los Andes. Entre el Océano Pacífico y el Amazonas existe simpatía y el hombre amazónico puede hallarse bien con el del litoral marino y viceversa. Al combatir la penetración del andino a la costa, lo único que hacemos es proteger la salud del andino. Con iguales razones nos oponemos a que el costeño se vaya a vivir a la comarca de las huicuñas y de los huanacos. La sierra tiene que vivir sin inmigrantes y sin emigrantes. Si vamos a otros países, comprobamos que el caso es distinto. En Estados Unidos, por ejemplo, nadie vive a cuatro mil metros sobre el nivel del mar y el régimen federativo impide que la capital de la República sea el único centro de atracción. En Estados Unidos, la ciudad de Washington fue fundada especialmente para que fuera capital de la Unión. Esto ocurrió en 1790 y según planos previa y especialmente trazados por el ingeniero y arquitecto francés L’Enfant. Es la única ciudad del mundo construida específicamente para ser capital de la República. No tiene, hoy, sino seiscientos mil habitantes y carece de rascacielos y de congestiones de tránsito. La vida es muy cara. Cuando París, Londres, Madrid, Berlín ya eran ciudades viejas y habían llegado a ser capitales hasta de imperios, sin haberlo pensado, Washington afloraba, juvenil y armoniosa, como cabeza de un gran Estado. Igual a Palas Atenas, nació armado de todas las armas. Ya Lima, Bogotá o Buenos Aires contaban con algo como dos siglos de vida, y la más ilustre de ellas, Lima, era foco y núcleo de un virreinato orgulloso como un reino y heredero de un imperio. Esto, en Sudamérica. En Norteamérica, una palabra lo dice todo: México. En Argentina, aunque federal, Buenos Aires es lo que atrae a los hombres de toda la República y ha llegado a ser, para decirlo argentinamente, urbe de pajueranos. Pero es que en Argentina la vida a cuatro mil metros sobre el nivel del mar no existe. Lo mismo ocurre en Chile, nación que es nada más que litoral, pues hacia los Andes no tiene un solo centro de importancia. Bolivia es nación andina, ya que la parte que se inclina hacia el Amazonas aun dista mucho de la hegemonía. Cochabamba está a unos tres mil metros sobre el mar. No hablemos de La Paz, de Oruro, de Potosí. En ninguna parte existe el temor de que los nacidos junto al mar se vayan a las cimas de los Andes a morir cardiacos ni de que los hombres de los Andes bajen hasta las orillas del mar para morir tuberculosos. Los que han nacido en las riberas del Pacífico o han vivido en ellas desde su infancia, viven largo. Con los pulmones ligeramente oscuros y el corazón lento ven pasar los años. En los Andes la vida no es larga sino por excepción. Dicen que no hay corazón traidor para su dueño. Como dicho popular, muy bonito; pero en el orden de la salud, el corazón consuma jugarretas mortales. No así los pulmones. El tísico muere poco a poco y siempre tiene la esperanza de vivir mucho. El cardiaco es tan infeliz que no puede ni siquiera conocer su enfermedad, so pena de morir instantáneamente. Basta observar un hecho: el andino en la costa empalidece morbosamente y su rendimiento de trabajo es muy pobre. Más pobre que en sus tierras nativas. Y esto es decir mucho. Cuando los europeos quieren huir de los rigurosos fríos de las grandes capitales y van en busca de tierra solar, tienen la Costa Azul y las playas del sur de Italia, amén de casi todas las ciudades levantinas. Y, por último, se hallan a un paso de África. No existe el problema de altura. Al lado de los Andes, el Monte Blanco, la mayor altura de Europa, es una colina un poco disforzada. En el Perú, las migraciones son un problema de salud, un problema ligado a la suerte de nuestro capital humano. Quien dice altura dice clima, quien dice clima dice costumbres, quien dice costumbres dice idiosincrasia. A la costa sólo pueden venir, de la sierra, las inteligencias esclarecidas, esas que se hallan bien en cualquier parte del mundo. La chusma intelectual es un peligro. No es que el andino sea mejor o peor que el costeño del mar. Es que en la costa no sirve para nada y, al emigrar, despuebla la sierra. Resulta, pues, que le hace daño a las dos regiones, pues llena la una con gentes que nunca se adaptan y deja vacía la otra. Un pésimo negocio. Lo que debe fomentarse es nada más que el intercambio comercial, mejor mientras más intenso. El Perú debe nacionalizar su cocina y, desde luego, su alimentación. Cuando en la sierra gusten de la carapulcra y en la costa de la quinua, el triángu-lo del distinguido parlanchín será menos antipático. Será un triángulo parecido al de algunos matrimonios felices. Seducido por la funesta prédica de los llamados indigenistas indianizantes en realidad– tan aciagos para el Perú, los pobres andinos vienen, con su alma de acémila a cuestas, a hundirse en la húmeda neblina de la costa, a res-pirar vapor de agua y a vivir en perpetuo romadizo, siempre amenazados por el asma, siempre bronquíticos, siempre con la tuberculosis a la vista.

– Estos serranos son siempre pulmoniacos reza un viejo dicho limeño.

Hay que reconocer que al hombre de la costa no lo atrae mucho el sol abrasador de la sierra, su cielo ozonizado y vibrante, su atmósfera seca, sus tempestades pavorosamente sinfónicas, sus rayos y sus granizos, sus nieves y sus heladas. Hay muy pocos costeños en los Andes. Y es que, a orillas del mar, la vida adquiere un sentido dionisíaco y venusto que de ninguna manera puede tener en medio de la augusta tristeza y de la mística pesadumbre que reina en la región poco menos que inaccesible de las nieves eternas.

En el Perú hay una aduana climática en la cual el contrabando se paga con la vida y cuya legislación y cuidado son mucho más arduos que el que necesitan las artificiosas aduanas fiscales. Basta observar que la crisis de la vivienda, la crisis de la alimentación, la crisis sanitaria y la crisis en el mercado del trabajo se producen en cuanto se marca la afluencia de andinos. Y viene, con ella, el aumento de la criminalidad. Lean ustedes los diarios y verán dónde nacen y en qué trabajan los criminales. El indio no es conquistador ni es conquistable. Los españoles asentaron su dominio político y económico, que ha continuado con los criollos. Pero el indio sigue siendo un ser extraño e inalcanzable. Se parece a las huicuñas en que rara vez está al alcance de la carabina y no siempre cae en la trampa. Y lo peor es que el indio ha servido para el antihigiénico oficio de indigenista. Que no es lo mismo que la dedicación del historiador que quiere estudiar el trasfondo de nuestra vida colectiva. La migración de las masas en el Perú es problema que debe estar en menos de los médicos. Mientras esto no suceda, se tratará sólo de un intercambio de enfermedades y de una sistemática deformación sicológica de todos los peruanos.

Publicado en la revista EXCELSIOR N° 214, página 11, Mayo–Junio, 1952.

No hay comentarios:

Publicar un comentario